Si algo podría caracterizar los cambios que estamos realizando en nuestras sociedades desarrolladas es la incorporación de las tecnologías a la práctica totalidad de las esferas de la vida. Hablamos de teléfonos móviles, portátiles, GPS’s, PDA’s, PSP’s, etc. El listado no es lo que más interesa en este artículo –a pesar de todo, ¿cómo menospreciar su importancia?-, sino que es la capacidad económica y técnica de acceder a estas innovaciones tecnológicas donde centraremos la atención en las líneas siguientes.
Una nueva fuente de desigualdad social ha surgido a raíz de los cambios antes mencionados. Es decir, cada vez más, las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) han entrado en nuestra vida, ya sea a nivel personal o laboral, pero no todos tienen las mismas posibilidades de utilizarlas: una parte importante de la población, sobre todo personas de más de 40 años, con un bajo nivel educativo y de género femenino, se encuentra con dificultades de poder usar Internet. La fractura digital es, de forma laxa, la distancia existente entre las personas que acceden a la información disponible en el World Wide Web y las que no pueden acceder. De manera más estricta, hablaríamos de fractura digital entre las personas que presentan mayores habilidades a la hora de buscar información relevante para su desarrollo profesional o personal y aquellas que hacen un uso exclusivamente lúdico de Internet –publicitémoslo: Messenger, YouTube, Myspace o Facebook- o directamente no lo utilizan.
Esta distancia entre una parte de la población y la otra merece cada vez más un análisis detallado por parte de la ciencia social actual, tanto desde la variante teórica como aplicada.
La formación en la mejora de las competencias de acceso a la información de Internet se ha convertido en una prioridad social, así como prioritaria se empieza a considerar la presencia del profesional especialista en TIC en las empresas y entes públicos de nuestra sociedad. Entre las funciones de este profesional no necesariamente se contemplan las tareas relativas a la alfabetización digital de colectivos que están sufriendo la fractura digital, pero podría convertirse una exigencia curricular.


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